Armado y atado

Iba temprano para la base aérea “El Libertador”, ya estaba en las inmediaciones de Palo Negro cuando veo pasar muy veloz a un F-16. Ya en las instalaciones del Grupo Aéreo de Caza No.16 se me informa de la presencia de una embarcación colombiana en las aguas del Golfo de Venezuela que se rehúsa a abandonar las aguas totalmente venezolanas (1).

Para la fecha era jefe de operaciones de un escuadrón de caza. Para ese fin de semana tenía previsto viajar hasta Ciudad Bolívar para bautizar junto a mi señora a un sobrino, hijo de mi cuñado Víctor. Todo se desmoronó. Después del aterrizaje del F-16, se nos ordena el despliegue de los escuadrones de caza. Íbamos armados con los siempre deseables misiles de punta de los planos y nuestro inefable cañón de 20 mm. Qué bueno.

En la nueva base nos giran instrucciones (2) y el comandante del escuadrón ordena realizar alertas de primer grado, conmigo como el primer líder de las escuadrillas que nos turnaríamos. Viene conmigo mi siempre apreciado teniente Alberto Lovera, mi primer alumno de la Escuela de Aviación Militar (EAM). Doy el briefing, repasamos detalles previsibles y nos topamos con que estábamos bien armados pero la alerta es nocturna. ¡Si el vuelo se daba sería interceptación y probable combate nocturnos!. Teníamos buena experiencia nocturna, pero no era común hacer combates nocturnos. Ideamos una táctica y nos encomendamos uno al otro.

Viendo la cercanía de los probables eventos le pedí que velara por mi familia si yo no regresaba. Yo haría lo mismo por la suya, si ocurría lo contrario. Logro ver a mi hermano, quien se desempeñaba como aerotécnico de armamento y le recomiendo buscar refugio pronto si se evidencia un ataque a la base. Había mucha emotividad. Llega la mañana y nada ha acontecido. Entregué la guardia a Luis Reyes y su gregario. Vamos a desayunar. Después ubiqué al médico aeronáutico para que me viera unas burbujas que me salieron debajo de la axila. Me recomendó tomar las cosas con calma. Era estrés.

En la tarde me toca guardia otra vez, con Héctor Valencia como gregario. No acabábamos de montarnos a los aviones cuando se nos ordena despegar hacia el Golfo de Venezuela. Habían dos trazas a alta velocidad que habían incursionado desde la Goajira colombiana. Pusimos en práctica la formación prevista y nos fuimos a toda velocidad hacia la zona indicada. Nos indica el radar de tierra distancia dentro de las 80 millas; estamos a punto de contacto de radar propio. El radar de tierra indica pérdida del contacto de las trazas. Agitación del alma. Seguimos buscando. Silencio de radio.

El radar de tierra señala contacto otra vez con las trazas, pero con rumbo a la frontera. Postquemadores a toda mecha. Llegamos a las inmediaciones de los sitios indicados, pero cero contactos. Radar indica que las trazas van dentro de Colombia con rumbo sur. Ponemos rumbo al sur y volamos un rato así. Orden de regresar a la base. Empieza a bajar la agitación. Al descender del avión saludo con efusividad a Héctor Valencia. Excelente gregario. Ese día se nos informa que la alerta baja de nivel. La corbeta “Caldas” ha iniciado la salida definitiva de las aguas venezolanas.

Por: Teniente Coronel Juan Nelson Salazar “Indio”

NOTAS

(1) Crisis de la Corbeta Caldas, agosto de 1987.

(2) Los diferentes escuadrones de los Grupo Aéreo de la Fuerza Aérea Venezolana fueron desplegados en varias bases aéreas, evitando así la concentración de medios en una misma zona durante la crisis.

Escrito por Juan Nelson Salazar

Juan Nelson Salazar

Promoción “Teniente Francisco José Osorio” de la Escuela de Aviación Militar 1975

Juan Nelson Salazar

Promoción "Teniente Francisco José Osorio" de la Escuela de Aviación Militar 1975

Un comentario sobre “Armado y atado

  • el 9 diciembre, 2017 a las 5:17 pm
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    Excelente relato apreciado coronel , es bueno se sepa este tipo de acciones defensivas a nuestra soberanía aérea , intentos de vulnerar nuestras fronteras : terrestres ,marinas y lógicamente aéreas , no fue la primera ni será la ultima accion de esta índole ,mas aún,

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