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Los disparos se escuchaban por toda la ciudad. El régimen del
general de división Marcos Pérez
Jiménez había caído, sin embargo las turbas de civiles enfurecidos
aún buscaban a los esbirros del régimen para pasarles
factura. Saquearon sus viviendas y quemaron las sedes de la
Seguridad Nacional, símbolo de la tortura y muerte del gobierno
militar.
El ex dictador prudentemente abordó
La Vaca Sagrada, como apodaban al Douglas C-54
presidencial y escapó hacia Santo Domingo donde lo acogió el
dictador dominicano Rafael
Leónidas Trujillo, era el 23 de enero de 1958.
Pero la recién parida democracia aún era sumamente frágil. La misma
Junta de Gobierno recién constituida, cuyo presidente era
el entonces, contralmirante
Wolfgang Larrazábal tuvo que manejarse con mucho cuidado y
ceder ante violentas protestas de sectores que exigían
expulsar a todos aquellos que
estuviesen identificados con el régimen dictatorial.
Pronto vendrían momentos mucho más difíciles, como el intento de una
turba por linchar al vicepresidente de los Estados Unidos, Richard
Nixon, quien se presentó el 13 de mayo en visita oficial, y puso al
gobierno en una situación internacional muy delicada.
La gente atacó el Cadillac donde se desplazaba el político
norteamericano, apedreándolo, pateándolo e intentando volcarlo.
Nixon, en su obra Six Crisis, calificó su visita a Caracas
como la cuarta crisis de su vida, faltaba mucho tiempo para
Watergate. La gente veía con mucho recelo el firme apoyo
que los Estados Unidos le habían dado a la dictadura de Marcos Pérez
Jiménez. La prematura aparición de Nixon, y los desórdenes que se
suscitaron, agravaron
más la ya revuelta situación
militar, propiciando movimientos conspirativos y aumentando la
presión a la nueva Junta de Gobierno. Estos militares encontraron en
el entonces coronel de la Fuerza Aérea,
Jesús María Castro León, una figura emblemática y un interlocutor
apropiado para ejercer presión al gobierno.
Lo
curioso era que el coronel Jesús
Castro León pertenecía al propio gabinete de gobierno, pero su fama
de conspirador lo perseguía desde 1931 cuando había sido acusado de
instigar un golpe contra el régimen de Juan Vicente Gómez.
Durante el alzamiento del 1° de enero del año 1958, Castro León
participó activamente y fue arrestado, razón por la cual al caer la
dictadura, se le
recompensó al ser nombrado en el primer gabinete como Ministro de la
Defensa designado por la Junta de Gobierno. Pero la luna de miel
duró muy poco, enseguida mostró estar en desacuerdo con las
políticas de apertura y reconciliación que promulgaba el Gobierno,
exigiendo restablecer una censura de prensa, que se extendiera el
plazo para realizar elecciones a tres años y que se les
prohibiera al partido Acción Democrática y al Partido Comunista,
participar en ellas.
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El coronel (Av.) Jesús Castro León y el Jefe de la Junta de
Gobierno vicealmirante Wolfgang Larrazábal |
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Todo este ambiente tenso y espeso,
propició que un grupo de militares se reuniese alrededor del
general Jesús Castro León como
cabecilla para conspirar contra el gobierno,
El 23 de
julio de 1958,
dieciocho días después de haber
alcanzado su primer sol, el
flamante general de brigada de la Fuerza
Aérea, provocó la más grave
crisis de la naciente democracia. Tras un día de tensión que obligó
a la Junta de Gobierno a refugiarse
en el Litoral y que todo parecía
indicar que el Ministro de la Defensa se saldría con la suya,
hábiles negociadores políticos le
obligaron a dimitir. A media noche, en cadena nacional de radio y
TV, el general Castro León hizo pública su renuncia, junto a
otros 7 militares de mediano y
alto rango, fue extrañado del país. Un
año más tarde, tras la asunción de Rómulo Betancourt a la
presidencia de la República, abandonó la misión diplomática que se
le había confiado en el exterior y en consecuencia fue declarado
desertor y pasado a situación retiro en noviembre de 1959.
Pero el general demostró ser un
hueso duro de roer, y en poco
menos de dos años, volvió a la carga, ayudado por el
dictador dominicano Rafael
Leónidas Trujillo, enemigo acérrimo del recién electo presidente
venezolano Rómulo Betancourt.
El 20 de abril de 1960, a las dos de la madrugada, entró por Cúcuta
con un pasaporte falso, con un plan para derrocar al gobierno de
Betancourt. Una hora después llegó a San
Cristóbal, al Cuartel Bolívar, sede del Agrupamiento Militar N° 1
del Ejército y
asiento del batallón de Infantería
Ricaurte, el cual les fue abierto por el mayor Rafael González
Windevoxel, tomando por sorpresa a la guarnición y poniendo el
batallón al mando del teniente
coronel Alcides González Escobar. El general Castro León anunció a
los militares alzados que todo el personal militar quedaba ascendido
inmediatamente a un grado superior.
En Caracas se recibió la noticia apenas minutos después de que había
sido tomado el Cuartel Bolívar, el gobierno sabía que tenía
que moverse rápido, pues aunque la democracia gozaba de apoyo
popular su situación era muy inestable. En la madrugada se reunió el
Alto Mando Militar con el
presidente Betancourt para tomar decisiones. Y a las 7 de la mañana
el Presidente habló al país en cadena nacional para comunicar que el
gobierno se aprestaba a conjurar un alzamiento en el Táchira con el
apoyo de las Fuerzas Armadas.
Rápidamente se ordenaron los preparativos para que de inmediato se
movilizara hasta San Cristóbal una poderosa columna militar
comandada por el general
de brigada
Esteban Rodríguez Landaeta,
la cual estaba conformada por tropas y
blindados de las unidades del Ejército acantonadas en la región
central el país. El gobierno sabía que el tiempo apremiaba y
había muchos rumores de que quizás elementos de esas mismas unidades
podrían rebelarse y unirse a los insurrectos en San Cristóbal.
Por esa razón el Alto Mando decidió no perder tiempo y enviar una
misión aérea para atacar a los insurrectos antes de que estos
lograsen consolidar sus posiciones y avanzar hacia el centro del
país. La misión, que
se mantuvo en absoluto secreto, buscaba bombardear el Cuartel
Bolívar por aire, para hacerle saber a los alzados que el
Gobierno tenía la fuerza para conjurar el alzamiento y toda la
voluntad de hacerlo. y, segundo,
demostrarle al jefe rebelde que la Fuerza Aérea estaba al lado del
Gobierno Constitucional, ya que el general Castro León alardeaba que
tan pronto sus compañeros de armas se enteraran de que él encabezaba
la insurrección, se plegarían de inmediato.
El Presidente Betancourt temía que si Castro León avanzaba hacia
Valera, otras
unidades pudiesen unírsele, y se ordenó
a la Fuerza Aérea ejecutar un ataque disuasivo a la guarnición
rebelde para la cual se asignaron cuatro bombarderos English
Electric Canberra del escuadrón de Bombardeo N°39. El
mando de la misión se le asignó al teniente
coronel Luis Teófilo Apolinar
Méndez, un experimentado piloto de vuelo instrumental quien en ese
momento fungía como director de la escuela de aviación civil Miguel
Rodríguez. Se le ordenó reunir a
su tripulación y presentarse de inmediato con órdenes de mantener un
total hermetismo sobre el destino de su misión para aprovechar el
elemento sorpresa.
Por razones que se desconocen, sólo levantó vuelo uno de los cuatro
bombarderos,
el Canberra B.(1) Mk.88
matrícula FAV 5-A-39.
Fue armado con bombas y llevaría
además del comandante Apolinar
Méndez, al subteniente Luis
Rafael Núñez Torrealba como navegante y al
maestro
técnico de 2ª Jesús María Sánchez
Torres como bombardero.
El teniente coronel Apolinar
Méndez subió al avión, se colocó como siempre su pañuelo
blanco en la frente y despegó. Eran aproximadamente las 9:30 am
cuando el avión,
haciendo el característico
ruido del Canberra, se
elevó desde la base aérea de Boca
de Río, estado Aragua, en medio
de unas condiciones meteorológicas
sumamente adversas, de hecho, testigos afirman que las montañas al
norte de la base se encontraban completamente cubiertas de nubes,
sin embargo había mucho en juego y el Alto Mando de las Fuerzas
Armadas decidió proseguir con el ataque aéreo.
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Bombardero English Electric Canberra Mk.8 sobre el Lago de
Valencia, similar al del teniente Apolinar Méndez. Foto:
Museo FAV de Maracay |
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El bombardero de color metálico resplandecía entre el techo de nubes
que lo rodeaban. Dentro la tripulación tenía la esperanza de que al
llegar al Táchira el tiempo hubiese mejorado para poder bombardear
con precisión el Cuartel Bolívar. Por fin después de tanto
entrenamiento estaban en una misión de combate real. Mientras tanto
en tierra los insurgentes habían tomado horas antes una emisora de
radio, Ecos del Torbes y
difundían mensajes subversivos contra el gobierno. Se habían
bloqueado los accesos a la ciudad con maquinaria pesada, pero la
situación no mejoraba, no habían podido apoderarse por completo de
la ciudad y las guarniciones de la Fría y San Antonio del Táchira se
mantenían leales al gobierno. De igual manera,
una segunda columna, al mando del
coronel (Ej.) Pablo Antonio Flores Álvarez, director del Liceo
Militar Jáuregui de La Grita, y conformada por de oficiales,
suboficiales y civiles armados, planta del instituto, reforzados por
65 alumnos de la Escuela de Policía Militar enviados desde Mérida, y
algunos guardias nacionales avanzó y tomó posiciones en la
inmediaciones del páramo El Zumbador, para impedir el desplazamiento
hacia otras áreas de las muy superiores fuerzas rebeldes.
El Canberra llegó al
blanco al poco tiempo, pero este se encontraba totalmente cubierto
de nubes dificultando el ataque. El avión sobrevoló la ciudad
buscando un punto despejado para iniciar el ataque. Dentro de la
cabina, el bombardero Sánchez Torres, acostado en su colchoneta
atisbaba a través de la mira de bombardeo buscando infructuosamente
el blanco, mientras esperaba la orden del comandante Méndez. Abajo
en la ciudad los insurrectos escucharon el ruido sordo de las
turbinas del Canberra,
acechando por encima de las nubes, situación que con toda seguridad
aumentó la tensión ya existente, poniendo a más de uno a calcular de
nuevo las probabilidades de éxito del alzamiento.
Por más que el avión lo intentó una y otra vez, el techo de nubes
era muy denso, y la misión tuvo que ser abortada para no causar
daños a civiles. Pero el constante pasar del avión tuvo su efecto
sobre la moral de los insurrectos. Los rumores se multiplicaban
sobre la suerte que correrían, la desmoralización comenzó a
contagiarlos al no producirse adhesiones de otros componentes
militares. En la torre de control de la Base Sucre se recibió el
mensaje de la imposibilidad de
cumplir con la misión, así que les fue enviada la orden de regresar.
El avión procedió a regresar a su base,
volando hasta alcanzar el punto obligado de control en Punta
San Juan, para luego comenzar el descenso y entrar bajo el control
de Maiquetía. El avión se reportó en el punto antes mencionado,
desde la base Sucre se le enviaron algunos reportes meteorológicos
sobre el mal tiempo en la zona, pero por alguna razón el piloto
pareciera no haberlas recibido. Y de allí en adelante se perdió la
comunicación con el bombardero, desapareciendo para siempre entre
las nubes.
El nerviosismo se veía en las caras de todos en el Control Aéreo de
la base, pero la radio seguía en silencio. Cuando pasó un tiempo
prudencial se dio la alarma,
ordenándole al Escuadrón de
Reconocimiento y Enlace Nº 1 (R-1) que se alistara de
inmediato para iniciar la
búsqueda apenas mejoraran las condiciones atmosféricas. El tiempo no
mejoró sino hasta el día siguiente, que fue cuando realmente comenzó
la búsqueda, recorriendo todo el litoral aragüeño
y las montañas cubiertas de selva del Parque Henri Pittier con
aviones y helicópteros. La búsqueda se prolongó durante quince días,
por mar, aire y tierra, y no fue sino hasta pasados 10 días
cuando aparecieron cerca de Tucacas algunos restos del avión que el
mar llevó hasta las playas.
Las investigaciones sobre el accidente no arrojaron ningún
resultado, tan solo aparecieron pequeños trozos del avión y parte de
un plano cerca de Higuerote, pero ni rastro de la tripulación,
obligando a declarar la nave y sus tripulantes como desaparecidos.
Igual suerte corrió la aventura del general Jesús Castro León.
A las pocas horas de
haberse marchado el avión, los alzados viendo que no tenían
posibilidades de éxito emprendieron la huída hacia Colombia. Siendo
capturados al menos 30 de ellos, incluyendo a su cabecilla quien fue
cercado en el caserío de Cedralito,
cerca de Capacho Viejo y obligado a rendirse, terminando con el
alzamiento en menos de 24 horas.
Sin saberlo el teniente coronel Apolinar Méndez había logrado su
misión.
Octubre 2008
| Por:
Fabián Capecchi |
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