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Fernando González y Florencio Gómez, hijo del General Juan Vicente Gómez. Caracas, Venezuela, 1931.
Fotografía: www.otraparte.org

 

1923 año de calamidades y Don Florencio Gómez

 

Una cadena interminable de accidentes estuvieron casi a punto de clausurar las actividades aeronáuticas, y por ende el cierre de la Escuela de Aviación Militar, marca el comienzo del año 1923.

 

Primero fue un vuelo de exhibición de tres aviones piloteados por los Sub-Tenientes Miguel Rodríguez, Manuel Ríos y Francisco Leonardi, maniobras, que, desde los hangares, presenciaba el General Juan Vicente Gómez en compañía de un grupo de personalidades especialmente invitadas. Después de varios pasajes y de efectuar algunas maniobras que fueron aplaudidas por los asistentes, el Sub-Teniente Rodríguez se dispone a aterrizar en su avión “Hanriot”, pero en el momento de tocar tierra capoteó violentamente, quedando el aparato totalmente dañado y su piloto ileso. Luego vino el Sub-Teniente Leonardi, quien con el agravante del accidente anterior y la presencia del Comandante en Jefe del Ejercito, hizo un aterrizaje violento que ocasionó la ruptura casi total del avión. El General Gómez, amanera de disculpa, se levantó y en compañía de sus invitados abandono el campo de aviación, no sin antes advertir que se iba porque “los muchachos estaban nerviosos con su presencia”. Cuando la caravana de vehículos enrumbo hacia la casa presidencial de Las Delicias, el Sub-Teniente Manuel Ríos pudo aterrizar felizmente después de varios intentos.

 

Después vino la hecatombe. Un mal día, el Capitán Fieschi salió a volar un “Farman  F-40”, el cual solo volaba el Teniente Guerin, el único que conocía su mecanismo. A los pocos minutos de despegar, Fieschi regresó a al pista y aterrizo a gran velocidad sin ningún control ni dominio sobre el aparto. Cuando el personal de mecánicos se dio cuenta que el avión venia hacia el hangar, trato de salir a su encuentro para sujetarlo por los planos, pero el Capitán Fieschi se paró en la cabina y les hizo señas de que se apartasen, gritándoles a la vez: “attention, beacoup de vitesse! beacoup de vitesse!” El aparato después de chocar contra siete aviones que se encontraban en la rampa, fue a estrellarse fuertemente contra los muros del hangar. El piloto salió ileso; pero aquel desastre obligó al General Juan Vicente Gomes, instigado por los enemigos de la aviación, a suspender temporalmente las actividades de vuelo.

 

Meses después, la Misión Francesa abandona el país, Los pilotos y mecánicos reciben ordenes de alistarse para regresar a sus cuarteles o a sus respectivas casas los que procedían de la vida civil. Aquí es donde entra a figurar con mayor entusiasmo el señor Florencio Gómez Núñez, el hijo predilecto del General, quien sentía, y siente, por los aviadores y por la aviación en si, un cariño entrañable. En combinación con los pilotos y mecánicos, Don Florencio libro una gran batalla contra la insidia y la rivalidad, sirviendo de intermediario ante su padre para que la aviación, al contrario de clausurarla, resurgiera.

 

Enterado Don Florencio de que nuestros mecánicos estaban reconstruyendo  un avión con las piezas de los aparatos destrozados, los animo a que lo terminaran cuanto antes y se comprometió a detener el carro de su padre para que este, de acuerdo con una señal determinada, viera despegar el aparato.

 

Después de varias semanas de arduo y silencioso trabajo, quedo terminado el avioncito que bautizaron “La Chiva”. El Sub-Teniente Miguel Rodríguez se ofreció a volarlo y cuando estuvo finiquitado, coordinaron con Don Florencio para establecer el día de realizar aquella aventura que sirvió de acicate para el renacimiento de nuestra aviación.

 

Al efecto, una tarde cuando el General Gómez, acompañado de su hijo Don Florencio, pasaba frente al campo de aviación rumbo a Las Delicias, “La Chiva” piloteada por el Sub-Teniente Rodríguez, previa la señal convenida, alzó vuelo de inmediato en medio de la alegría de todos los presentes. Al General le entusiasmo aquella demostración de coraje y de mística de nuestros aviadores, aprovechando Don Florencio de animarlo para echar de nuevo adelante la moderna y apasionante arma del Ejercito.

 

La orden para la adquisición de nuevos aparatos no se hizo esperar, pues con fecha 28 de mayo de ese año, el Ministro de Guerra y Marina, Dr. Carlos Jiménez Rebolledo, en cablegrama N’ 42 solicita del Embajador de Venezuela en París, informes sobre aeroplanos para entrenamiento, de caza y de bombardeo. Con fecha 15 de junio del mismo año, el Ministro de Guerra y Marina se dirige nuevamente al Embajador de Venezuela en París ordenándole que ofreciera doscientos cincuenta mil francos por tres aviones “Caudron C-60” y tres “Caudron G-3”, provistos de ametralladoras y de motores absolutamente nuevos.

 

Mientras tanto en la Escuela de Aviación Militar habían comenzado las actividades con dos aviones reparados, lo que insto al Ministro de Guerra y Marina, en resguardo de su responsabilidad, dirigir un telegrama al Director de la Escuela en los siguientes términos: “Tener mayor cuidado a fin de que los aparatos que se están usando sean examinados minuciosamente antes de efectuar cualquier vuelo y no permitir el uso de ellos sino cuando se tenga la seguridad de que no se producirá un accidente por causas que puedan preverse. Es muy laudable el esfuerzo de los pilotos venezolanos y a mi me place reconocerlo; pero aun cuando tengan los suficientes conocimientos, la practica, tanto en los pilotos como en los mecánicos, es la mayor fuerza para evitar accidentes y tanto unos como os otros solo pueden adquirirla lentamente”.

 

Mas tarde, el 10 de abril, en telegrama N’ 552, el Ministro de Guerra y Marina le comunica de nuevo al Director de la Escuela que “mientras se resuelve la compra de nuevos aparatos, se debe tener mayor prudencia en los vuelos que se efectúen, y estos no deben alcanzar una altura mayores de 4 a 500 metros como máximo....”

 

Una vez retirada  la Misión Aérea Francesa, asumen la delicada función de instructores de vuelo los pilotos venezolanos Manuel Ríos, Francisco Leonardi,  Miguel Rodríguez y Prisco Heur, quienes, a pesar del poco tiempo que tienen de graduados y sin ninguna experiencia, se dedican con todo esmero a entrenar a los alumnos existentes, ya que por disposición de la superioridad, ese año no aceptaron nuevos aspirantes.

 

Los pocos aviones que podían volar eran cuidados por el grupo de mecánicos graduados, dirigidos por Ernesto Salas y Amador Nieto, quienes ese año – 26 de mayo – recibieron del Ministerio de Guerra y Marina sus respectivos Diplomas de Suficiencia en Mecánica de aviones, pasando a la historia como los primeros Jefes de mecánica de nuestra aviación.

 

Para esa época, los talleres mecánicos contaban con escasas e inadecuadas herramientas. Una camioneta Ford ponía en movimiento el torno y el compresor de aire, levantando con un gato una rueda trasera y utilizándola como polea para transmitir movimientos a las citadas maquinas. La carpintería y el entelaje estaban en manos expertas, pues la estructura de vigas de madera y nervaduras forradas en tela así lo demandan.

 

Los deseos del gobierno nacional y la preocupación de nuestros pilotos y mecánicos para dirigir tan delicada empresa, no dio los frutos deseados, pues en razón de la verdad, nuestros aviadores no estaban suficientemente  preparados para asumir posiciones de instructores ni para dirigir técnicamente una escuela, cuyas especialidades eran relativamente desconocidas en nuestro país.

 

Este experimento, mejor dicho, esta autosuficiencia de que quisimos hacer gala, ocasionó serios problemas, pues los alumnos, al no tener profesores experimentados, quedaron limitados a lo poco que habían aprendido. Ante la escasez de aviones y ante el peligro de que cerraran la Escuela, nuestros aviadores comenzaron a utilizar aparatos que tenían tiempo sin uso, como es el caso del avión “Hanriot” comprado a Ranella y el “Curtis”, adquirido por el gobierno nuestro al norteamericano W.A. Aubert en junio de 1920. Este avión, a los pocos meses quedó completamente inservible, cuando el Sub-Teniente Heur capoteó fuera del campo.

 

Para fines del año en referencia, la aviación cuenta con el avión “Hanriot” y dos “Caudron G-4”, que habían acondicionado nuestros mecánicos. Con estos aparatos, los pilotos Miguel Rodríguez, Manuel Ríos y Francisco Leonardi, efectuaron una exhibición aérea el 19 de diciembre, fecha aniversaria de la “Causa Rehabilitadota” del General Juan Vicente Gómez. Ese día, como se menciono al principio, Miguel Rodríguez y Francisco Leonardi, dejan inservibles sus respectivos aviones, quedando la Escuela sin material volante y con la opinión desfavorable en cuanto a su existencia.

 

En 1982, en una entrevista realizada por la División de Historia a Don Florencio Gómez, se le preguntó acerca de la razón por la cual no se pudo retener la Misión Militar francesa en 1924. A lo que él respondió: “en ese momento prevaleció el criterio de que los pilotos venezolanos, con dos años de entrenamiento, y siendo en su mayor parte Oficiales del Ejercito, estaban capacitados para dirigir la Escuela. Un error, indiscutiblemente,.... Allí se cuenta la historia de un Caudron, que se reconstruyó a base de del material que se pudo salvar y se hizo “La Chiva”, obra en la que participó con entusiasmo y capacidad todo el personal, y sobre todo los mecánicos Salas y Segnini. Este avión lo voló Miguel Rodríguez, magnifico piloto. Entonces me tocó a mi empezar de nuevo, poniendo mi granito de arena, para convencer a mi padre de la necesidad de seguir adelante. Y ese granito de arena dio sus frutos y fue útil a la Aviación Militar Venezolana, pues él decidió contratar una nueva misión y efectuar la adquisición de un nuevo material de vuelo.”

 

En tal sentido y merced al inmenso esfuerzo desplegado por él, específicamente en aquellos años trágicos, duros y difíciles que pasan los noveles pilotos venezolanos cuando se va la misión militar francesa se reactiva la incipiente aviación y no se pierden los sueños a los cuales se aferraron tanto él como su padre.

 

Así fue como Don Florencio Gómez con apenas 16 años de edad se convirtió en el padrino o si se quiere en el Padre de la Aviación Militar Venezolana. Desde 1924 hasta 1935 estuvo al frente, sin omitir un esfuerzo, dedicando todo su entusiasmo e interés en su progreso, haciendo traer el mejor material volante calificado para la época, enviando al exterior grupo de pilotos venezolanos para su perfeccionamiento contratando nuevos y eficientes instructores; defensor, vigilante de todo su personal, solucionándoles todo sus problemas tanto profesionales como personales y conviviendo con todos ellos en una afectuosa hermandad.

 

La presencia de Don Florencio como verdadero devoto de la aviación y cerca del general Gómez, su padre evitó que se derrumbara o postergara por mucho tiempo el desarrollo de lo que seria en un futuro la Fuerza Aérea Venezolana. El truco que preparo hábilmente con “La Chiva”, haciéndola reconstruir con los restos que quedaba de los aviones destrozados es verdaderamente aleccionador.

 

Don Florencio Gómez Núñez nació en Maracay el 07 de noviembre de 1908, era el segundo hijo varón del General Gómez; de profesión agricultor y ganadero; casado con la señora Elena Arraíz Losada. Murió en Caracas a los 87 años de edad el 31 de diciembre de 1995.

Por: FAV Club
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