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El 6 de agosto de 1945 amaneció como cualquier día. El sol naciente asomaba sus rayos sobre Japón. Eran las 7:00 de la mañana cuando en las pantallas del radar japonés apareció una señal, enseguida se dio la alerta. Bombarderos enemigos se aproximaban  ingresando a esa hora al espacio aéreo japonés, probablemente Superfortalezas B-29, un asiduo visitante desde poco más de un año, pero era extraño que fuese una formación tan pequeña, apenas 3 aviones, probablemente estaban en misión de reconocimiento como otras veces.

 

Poco antes en el cielo, a 9.000 metros de altura, a bordo del Boeing B-29 serial 44-86292 bautizado Enola Gay, como la madre de su comandante, el coronel Paul W. Tibbets, éste explicó a los tripulantes la finalidad  de la misión, y dio la orden de armar la única bomba que llevaban a bordo, una regordeta bomba de siniestro aspecto apodada Little Boy. Hasta ese momento casi nadie de la tripulación conocía la naturaleza de la misión. Los tripulantes escucharon en silencio, lo cierto es que habían sido escogidos cuidadosamente sin saberlo, para cambiar la historia de la humanidad. 


Bombardero Boeing B-29 Superfortress, Enola Gay, del 20th Squadron.
Darío Silva

 
El Enola Gay en las Marianas antes de partir hacia Hiroshima
(Foto USAF Museum Archive)

 
Bomba atómica Little Boy antes de ser cargada en el avión
(atomicarchive.com)

Mientras tanto, en la ciudad de Hiroshima sonó la alarma antiaérea a las 7:09 am, la gente en la calle corrió despavorida a ocultarse, pero luego de un rato, al no escuchar ni ver bombardeo alguno, la alarma fue suspendida, y todos siguieron normalmente hacia sus trabajos y  labores cotidianas.

Unos minutos después de las 8:00 am ya se sentía el calor del verano, y muchas personas iban por las calles. Obreros y estudiantes caminaban tomados de la mano de sus madres, o subían a los tranvías, cuando vieron sobrevolar por encima de sus cabezas a un solitario bombardero. La primera reacción fue preguntarse qué hacía, pues la base militar estaba muy lejos de la ciudad.

Arriba en el cielo, el superbombardero abrió la bodega de bombas y dejó caer la terrible Little Boy. Rápidamente el enorme B-29 viró para escapar de la onda explosiva, alejándose del lugar con sus cuatro motores a plena marcha.

Miyoko Matsubara, una niña de 12 años, realizaba labores comunitarias junto a otras 250 niñas de la escuela, desmantelando casas de madera y ordenando los tablones en filas a través de las calles, para que en caso de bombardeo, el fuego siguiera caminos pre-trazados y la gente pudiese tener mayores oportunidades de sobrevivir.

Mi amiga Takiko de pronto gritó - escucho el ruido de un B-29 -. Pensé que no era posible porque la alarma había dejado de sonar, miré hacia arriba y en lo alto vi las estelas blancas que salían de los motores de un avión. Vi como algo luminoso caía desde la cola del avión y me tiré al piso. Enseguida oí un indescriptible rugido y pensé que el avión nos había caído encima. ... cuando recuperé la conciencia el brillante día se había convertido en oscura noche, y mi amiga Takiko, que estaba parada junto a mí, sencillamente había desaparecido (the Spirit of Hiroshima)

La bomba atómica cayó hasta una altura de 600 metros antes de estallar justo encima de un edificio.  

  
Explosión atómica sobre Hiroshima (foto USAF archive)

De pronto, sin aviso alguno, todo se volvió blanco. Una inmensa luz más brillante que el sol mismo se encendió cegándolos, y se escuchó el estruendo enorme de una explosión.  Los que estaban más cerca del hipocentro de la explosión, simplemente se vaporizaron por el calor generado, otros ubicados más lejos, fueron arrojados con gran violencia a muchos metros de donde estaban por una onda expansiva tan fuerte como un puño gigante. Lentamente se elevaba sobre la ciudad una enorme nube negra en forma de hongo. Las casas, edificaciones y todo lo que había alrededor del centro de impacto se volvieron añicos en segundos, una onda de calor abrasador y un viento radiactivo cubrió la zona, devastando el lugar. Donde antes se encontraba Hiroshima, ahora sólo quedaban ruinas, y más de 70.000 mil personas habían muerto en cuestión de segundos. Luego vino el silencio, un horrible silencio que fue más terrible que la explosión misma, acallado sólo por las adoloridas voces de los sobrevivientes, muchos de los cuales morirían en espantosa agonía tiempo después, por las quemaduras de la radiación. A finales de ese año, las muertes aumentarían al doble llegando a 140.000, una estadística macabramente eficaz que seguiría subiendo hasta llegar a las 200 mil personas.

¡Dios Mío! ¿Qué hemos hecho?....fue lo que escribió el copiloto del Enola Gay Robert Lewis en su diario de abordo. En los otros dos B-29, las tripulaciones gritaban asombradas, ¡miren eso!... ¡miren eso!.... quedando boquiabiertos por la potencia asombrosa de apenas una sola bomba, mientras fotografiaban la explosión que tenía lugar abajo. El mundo   nunca más sería el mismo


Hiroshima devastada después de la explosión (Gensuikin.org)

  
Reloj con la hora exacta de la explosión


Botella fundida por el calor

El Gobierno japonés quedó en shock al escuchar la terrible noticia, la cual vino acompañada de una demanda de rendición incondicional del gobierno norteamericano. Quizás para ganar tiempo, o aún paralizados por la devastación ocurrida, el gobierno permaneció en total silencio sin contestar durante tres días. Mientras tanto Rusia se preparaba para declararle la guerra a Japón.

En vista del mutis total, el día 8 de agosto llegó en código cifrado la orden N° 17, al 20 th Escuadrón de Bombarderos basado en Tinian, Islas Marianas. La misma ordenaba proceder con un nuevo ataque, el nuevo blanco sería la ciudad de Kokura, y como blanco secundario Nagasaki. Para ello fue armada el 9 de agosto otra bomba de mayor poder, apodada Fat Man y embarcada en el bombardero B-29 serial 44-27297 Bockscar, comandado por el Mayor Charles Sweeney


Bombardero B-29 Bockscar, del 20th Squadron basado en la islas Marianas.

Darío Silva

 
Tripulación del B-29 Bockscar

(Foto USAF Museum Archive)

 
La bomba nuclear Fat Man es cargada en el Bockscar

(Atomicarchive.com) 

Todo transcurrió según se planeó, pero al llegar sobre la ciudad de Kokura, ésta se encontraba completamente cubierta por nubes, por lo que el comandante decidió seguir hasta el objetivo secundario, Nagasaki, la cual también estaba completamente cubierta por nubes, pero quiso el destino que el bombardero encontrara una rendija entre las nubes, por la que vieron la zona industrial y arrojaron la segunda bomba atómica, justo a las 11:02 de la mañana.

 
Explosión en Nagasaki
vista desde la ciudad
(Gensuikin.org) 

La ciudad fue destruida por la explosión y quedó reducida a cenizas por la onda calórica, la radiación y la lengua de fuego que se expandió sobre la zona. Ochenta por ciento de los edificios y casas fueron pulverizados y todo signo de vida desapareció en un radio de cuatro kilómetros respecto al hipocentro de la explosión. Aún 60 años después es difícil tener un número exacto de personas fallecidas, el gobierno local dio la cifra inicial de 70.000 personas, y 70.000 heridos, pero ésta nunca fue confirmada.

 
Nagasaki días antes del bombardeo

(Foto USAF Museum Archive) 


Nagasaki tres días después del ataque

(Foto USAF Museum Archive)

 
Devastación nuclear en Nagasaki

(Foto: Shogo  Yamahata)

El gobierno japonés ante tan terrible ataque, aceptó de inmediato la rendición incondicional, dando por terminada abruptamente la Segunda Guerra Mundial.

 
Sobrevivientes
(Foto Shogo Yamahata)

Hasta aquí llega la historia conocida por todos, pero, ¿cómo se llegó a eso?.... ¿cómo fue tomada esta terrible decisión?... ¿Fue necesario lanzar la bomba atómica a un país prácticamente derrotado?... ¿Fue necesario lanzar un segundo ataque? Las interrogantes del tema siguen llenado páginas de opinión, y probablemente nunca serán contestadas del todo.

Veamos un poco los hechos meses antes del bombardeo. Ya para finales de junio de 1945, se manejaban informaciones secretas en Washington, de que los japoneses parecieran estar buscando una oportunidad o un mediador confiable, para negociar condiciones honrosas para una posible rendición, como prueban documentos desclasificados. Voces dentro del gobierno propusieron enviar tres emisarios a China para contactar a los japoneses y advertirles del peligro que corrían de continuar la guerra, garantizándoles un trato digno al emperador si aceptaban la rendición,  pero estos planes fueron rechazados.

Ya para julio, 69 científicos del Metallurgical Laboratory que trabajaron en el Proyecto Manhattan, como se conoció la operación de investigación y producción de las bombas nucleares, liderados por el científico de origen húngaro Leo Szilard, enviaron una carta al presidente Truman para advertirle de las terribles consecuencias morales de usar la bomba atómica y las consecuencias para el pueblo norteamericano, pero no fueron escuchados. De hecho los militares comenzaron a buscar pruebas para incriminar al Dr. Szilard y descalificarlo al igual que el resto de los científicos firmantes de la petición.

El final de la guerra con Alemania aceleró los planes de producir la bomba atómica. El Dr. Oppenheimer, científico a cargo del proyecto comenzó a ser presionado para que construyera y probara una de las bombas nucleares antes de la reunión de los aliados que tuvo lugar en Postdam. Allí, el Presidente Truman le habló a Stalin, sin darle detalles, de la posesión de una nueva arma de gran poderío que usaría contra el Japón. Durante las conversaciones convencieron a Stalin de que la Unión Soviética debía entrar en guerra contra el Japón el 15 de agosto y no el día 8, como se había planeado anteriormente, ganando tiempo para lanzar las dos bombas atómicas.

Comenzó así verdaderamente la Guerra Fría, pues el revelar la posesión de una terrible arma secreta funcionó para disuadir a los rusos, quienes ya se perfilaban como el futuro enemigo, de actuar sin consentimiento de los norteamericanos y dejarlos sin argumentos para exigir demandas de repartición en el Japón y China, como las que obtuvieron en Alemania.

La verdadera fuerza de la bomba atómica estaba más en su poder político-disuasor, que en su poder explosivo, y esta fue lanzada ex-profeso, a expensas de miles de vidas japonesas, para demostrarle al mundo, el poderío de los Estados Unidos y detener las ambiciones soviéticas en Asia.

De ese modo, la utilidad de la bomba, pasó de ser simplemente el paso final para terminar la guerra contra el Japón, a otro más importante, prevenir una nueva guerra mundial contra la Unión Soviética.

Grandes líderes militares, como Eisenhower, consideraron innecesario lanzar la bomba atómica sobre el Japón. Pero las guerras las hacen los políticos y las pelean los militares, por eso la decisión del Secretario de Estado James Byrnes fue urgir al presidente Truman a lanzar la bomba, para ganarle terreno a los soviéticos lo antes posible.

Pero siempre nos quedará la pregunta ¿Y si la bomba atómica hubiese sido lanzada primero por el Japón, Alemania o Rusia, sobre una ciudad como Nueva York, Londres, Los Angeles o Washington?... el resultado sería igual, un acto de barbarie tan abominable como aquella decisión que tomaron los norteamericanos 60 años atrás

Por: Fabián Capecchi. Julio 2005 

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