Testimonio de Tomás Torres, quien vivía en Cumaná cuando la invasión del Falke Recogido por Antonio Berrizbeitia
Nota Introductoria. En 1929 gobernaba con mano férrea en Venezuela el general Juan Vicente Gómez. Un grupo de opositores, liderizados por el también general Román Delgado Chalbaud, que hasta el año 1913 había sido colaborador del gobierno de Gómez, pero que ese año auspició una conspiración en su contra y fue encarcelado durante 14 años al ser descubierto el complot. Al salir en libertad en 1927 se exilió en París y desde allí organizó lo que se ha denominado como La Expedición del Falke, por el nombre del barco que los revolucionarios usaron para trasladarse a Venezuela. La expedición, que desembarcó en Cumaná el 11 de agosto de 1929, terminó en fracaso por motivos que no son objeto de este relato, pero durante ella se produjo la primera intervención de la aviación como arma de guerra en Venezuela, que nuestro entrevistado tuvo la oportunidad de presenciar en parte. FAV Club se siente orgulloso de presentar este testimonio, que fue recogido el año 2004, como homenaje a quienes protagonizaron el suceso hace setenta y seis años, y agradece ampliamente la colaboración del señor Tomás Torres, quien en su relato nos dice: Mi nombre es Tomás Torres. Tengo noventa y un años. En 1929 cuando la invasión del Falke, hace setenta y cinco años, tenía dieciséis años y como es natural muchos de los recuerdos que tengo de esa época son nebulosos. Pero otros son muy vívidos debido a la gran impresión que me causaron. Yo vivía entonces en un ranchito que quedaba entre el colegio de las monjas carmelitas y lo que es hoy la gobernación. Actualmente hay allí una pequeña plaza.  Aquí estaba la vivienda de Tomás Torres
Cumaná había sido estremecida unos meses antes, en enero de ese mismo año, por un fortísimo terremoto que causó numerosas víctimas y el derrumbamiento de muchas edificaciones, entre ellas el teatro, que quedaba en la manzana frontal a donde yo residía. Tanto fue el daño sufrido en esa manzana que no fue reedificada sino que se construyó lo que es hoy la Plaza Bolívar y una plaza donde tocaba la banda del estado.  Ruinas frente a la actual Gobernación
De los aviones me acuerdo perfectamente. Era la primera vez que veía un avión, al igual que la mayoría de los cumaneses Todavía no había vuelos comerciales a Cumaná, que sólo comenzarían varios años después. Los aviones no tenían nada que ver con los aviones de ahora. Eran feos, con alas dobles muy grandes, gruesos adelante y delgados atrás. Tenían una sola hélice, que se podía ver seguramente por lo poco avanzado de la técnica. El sonido también era muy diferente al de los aviones actuales, no era un zumbido parejo sino más bien un TACATACATACA, como el sonido de algunas motos. Volaban muy bajo, bajito. No recuerdo si lanzaron bombas. Pero sí recuerdo que un hombre resultó herido por acción de los aviones, no se si fue por explosión de una bomba o por bala, en el sitio donde una señora de nombre Carmelita Díaz criaba chivos por donde está hoy el hospital Antonio Patricio de Alcalá. Entonces Cumaná terminaba en Chiclana, donde estaba una cruz que llevaba el mismo nombre y allí comenzaba un enorme zabilar que bordeaba el cerro. A mí me habían dado dos fusiles y Luis Manuel Yegres los escondió en ese zabilar. Hoy eso está detrás del estadio. En épocas de lluvia para ir a Caigüire; un caserío de pescadores cercano en la costa del golfo; había que hacerlo bordeando el cerro que se encuentra detrás de Cumaná y a lo largo de la costa del golfo dejando un espacio hasta llegar al mar. Esa vía pasaba por la chivera de Carmelita Díaz. Otra vía era precisamente por el espacio que quedaba entre el cerro y el mar, que era la llamada sabana de Caigüire, por donde se construyó la avenida Gran Mariscal. Pero esa sabana se inundaba en época de lluvia y el paso era impracticable. La invasión ocurrió en agosto, que es precisamente la época de lluvias. En ese entonces la zona estaba despoblada y Caigüire era un caserío completamente separado de Cumaná. Los aviones vinieron varios días y llegaban entre las once de la mañana y la una y media de la tarde. Presumo que han debido hacer escala en alguna parte. La gente les tenía pavor y se encerraba en sus casas al escuchar su ruido o verlos pasar, y muchos se preguntaban si tendrían gente adentro. Más miedo le tenían a los aviones que al combate que se desarrollaba en la ciudad. Yo los veía pasar desde la puerta de mi casa, volando muy bajo, y haciendo su ruido tan característico, que fue lo primero que me llamó la atención y no se me olvida.  Yo los veía pasar desde la puerta de mi casa, volando muy bajo, y haciendo su ruido tan característico, que fue lo primero que me llamó la atención y no se me olvida. Uno de esos días recogí en la plaza Pichincha un proyectil que había quedado encastrado en una horqueta de guayacán. No explotó porque la punta no tropezó con nada. Era como un papelón, de unos treinta centímetros de largo. Pienso que deben haberlo disparado desde el castillo, porque el crucero Gran Mariscal, que también vino cuando la invasión, estaba en el golfo, muy lejos para que sus disparos llegaran hasta el sitio donde recogí el proyectil. Lo llevé a la farmacia Central donde me formaron un zaperoco para que lo sacara de allí. Yo estaba de aprendiz en esa farmacia, pero poco después me dijeron que no fuera más porque una vez que la revolución fue derrotada, el gobierno trajo una tropa de chácharos, que era como les decían a los andinos al servicio del gobierno, y la estacionó en Cumaná. En el sombrero usaban una banda amarilla que decía Vencedores en La Panchita, porque en un sitio llamado así habían derrotado a Urbina que invadió por Falcón poco antes de la acción del Falke. En la farmacia había aprendido que si se mezclan clorato y azufre y se golpean con fuerza, se produce una gran explosión con el correspondiente ruido. Cuidadosamente procedí a hacer la mezcla y le dije a otro muchacho que también trabajaba en la farmacia que lo hiciera explotar en la orilla del río y así lo hizo poniéndola sobre una piedra y lanzándole otra desde lo alto de la muralla que bordea al río. La explosión fue tan grande que provocó la salida de los chácharos acuartelados en la policía que quedaba en la otra orilla del río, en lo que es hoy la plaza Miranda, y el emplazamiento de un cañón que también tenían allí. También provocó mi salida de la farmacia. Pero yo vi los aviones, eran feos, anchos adelante y delgados atrás, con alas dobles muy grandes, hacían un ruido muy diferente a los de ahora, tenían una sola hélice que se podía ver y volaban bajo, muy bajito. El sonido que producían fue lo primero que me llamó la atención, era un TACATACATACATACA que no se me olvida.
Por: Antonio Berrizbeitia. Cumaná, abril de 2004 |